El café
Noches de teatros. A treinta de Mayo
de mil novecientos sesenta y tres.
La familia salíamos a flote. Papá,
-por desgracia nos dejo sin su presencia, unos mese antes. Mamá era fuerte,
pero esta circunstancia la hizo aún más.
Cogidas de su mano fuimos siempre a su lado, y consiguió sacar a sus hijas a
delante.
A mamá y a mí, nos dieron unos días
de prueba en un teatro de la capital. Allí estuvimos varios meses realizando
las tareas de ayudante de almacén.
Entre otras cosas, entraba cuidar de
los muebles y todo lo necesario que se
utilizaban en las funciones de teatro.
En aquella época, los contratos no se
firmaban hasta no pasar un periodo de prueba. Allí nos vimos mamá y yo, cuidando
y vigilando todo lo que en las funciones se utilizaba. Mesas, sillas, loza,
ropas.
Todo lo cedían los almacenes de la
ciudad y cuando terminaban, se les volvían a entregar.
Con esto mamá ganaba un dinero
extra. Nos pagaban cien pesetas diarias.
Esa noche la función empezó antes de
la hora acostumbrada, hacía mal tiempo y espectadores había pocos.
Analia esa noche estaba triste, le
afectaba que el teatro no estuviese lleno.
En el descanso de la función, me
mandó que le trajera en café, -en esos tiempos no había microondas, y salí a
buscarlo al bar más próximo. Me lo
dieron en una jarra de acero. Cuando llegué se lo entregué, y cogiendo la jarra
la tocó.
Su enfado fue explosivo y tiró la
jarra contra la pared y lloró amargamente.
Me miró diciendo.
Perdona, tú no tienes la culpa. El café
está frío, no soporto que no esté cociendo.
La noche está como yo, negra.
25-7-2016 Joaqui.
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